La Anatomía de la Ansiedad: La verdad espiritual de un alma encogida.

 

Introducción

Muchas veces nos han querido convencer de que los trastornos de ansiedad son solo un fallo mental: un circuito defectuoso o un "error cerebral" que puede y debe ser corregido para devolvernos al deseable estado de control de nuestras vidas. Sin embargo, quienes hemos caminado por esa noche oscura intuimos que la explicación clínica se queda corta.

Este ensayo nace de una certeza que he venido madurando: la ansiedad no es producto de una mente defectuosa o solamente es producto de un bucle de pensamientos negativos, sino mas bien de un alma que ha despertado a su propia e ineludible vulnerabilidad en un mundo que idolatra la autonomía. Cuando el velo de nuestra autosuficiencia se rompe, el miedo nos encoge y nos encierra en nosotros mismos.

A través de estas páginas, quiero analizar por qué las respuestas seculares y nuestros propios intentos humanos por "repararnos" suelen ser insuficientes.

Mi propuesta, inspirada en las Escrituras tan fielmente como hoy me resulta posible, es simple: la ansiedad no se vence luchando contra ella en nuestras fuerzas, sino trascendiéndola. 

Esto, además, solo es posible cuando el alma encuentra un "objeto del vivir" (o sea, un propósito) superior a su "objeto de ansiedad" (o sea, del obstáculo que se interpone a nuestro propósito); una realidad que, considero, solo hallamos al rendirnos ante el amor perfecto y la provisión suficiente de Cristo.

Aquí, la paz no es un fin que perseguimos desesperadamente, sino la consecuencia natural de haber sido alcanzados por Su gracia, mediante una renuncia constante a la hegemonía sobre nuestras propias vidas.

Sección 1: La incompleta ansiedad secular

Una de las claves que ha sostenido el sufrimiento espiritual tanto de hermanos en Cristo como almas en el mundo ha sido producido en gran medida por la definición superficial que hemos aceptado de la psicología secular respecto a la ansiedad.

La ansiedad, según el manual de la MSD se define como “(...) una respuesta normal a una amenaza o una situación de estrés psicológico. Está relacionada con la sensación de miedo y cumple una importante función en la supervivencia.”

En tanto, la psicología en su postura antropocéntrica – o sea, que utiliza la “normalidad” de turno como punto de referencia para determinar lo que es o no saludable – clasifica como patológica la ansiedad usando criterios subjetivos: que ocurra en “momentos inapropiados”, que sea frecuente y que su intensidad impida funcionar como uno mismo desea.

Por esto, se considera patológica cuando se superpone a nuestra voluntad: cuando, frente al objeto de ansiedad, se juzga la amenaza como “irracional” o insuficientemente “palpable”, y cuando además la ansiedad resiste nuestros intentos de mantener la “vida normal”, que se entiende como normal en la medida que la voluntad dirija nuestras acciones sin mayores intereferencias.

La definición tomista de la ansiedad

En marcado contraste, la perspectiva tomista aborda la ansiedad desde las pasiones del temor y la tristeza (específicamente bajo la noción de angustia), no reduciéndola a un fallo funcional o biológico, sino que la entiende como un desorden del alma frente a sus bienes y afectos.

Para Santo Tomás de Aquino, la ansiedad (o anxietas) es una forma de tristeza (tristitia) y temor (timor) que estrecha el corazón ante un mal futuro percibido como insuperable. Mientras la psicología secular evalúa la ansiedad bajo un criterio antropocéntrico y utilitario (si interfiere o no con la "vida normal" y la productividad), el tomismo la evalúa bajo el criterio de la verdad y el orden espiritual:

  • Raíz en el amor desordenado: La psicología secular ve la ansiedad como una reacción irracional a una amenaza. El tomismo demuestra que es la consecuencia lógica de amar un bien terrenal (salud, control, reputación) de manera desmedida, temiendo perder lo que no se puede retener.
  • Afectación de la razón, no solo de la conducta: Para el Aquinate, el peligro no es que la ansiedad impida "funcionar", sino que nubla la razón (ratio), impidiendo al hombre deliberar bien y volverse hacia Dios.
  • Tratamiento vs. Redención: La postura secular busca eliminar el síntoma para restaurar la autonomía del yo. El tomismo ve en esa opresión el recordatorio de nuestra insuficiencia criaturial, una invitación a ordenar los afectos y a buscar la verdadera paz (pax), que no es bienestar psicológico, sino la tranquilidad del orden sostenido por la confianza en la Providencia.

La escala de valores oculta (autonomía como ídolo)

Esto, inadvertidamente, ya está estableciendo una escala de valores sutil pero clara y no Cristiana en la definición secular, en la cual yo como ser humano soy autónomo para ser dueño de mis decisiones y vida y así, cataloga como anormal esta oposición “psicológica e irracional” frente a este deseable estado de autodeterminación.

Sin embargo, desde un contexto Bíblico reflejado en textos como Isaías 46:10, sabemos que difícilmente somos dueños de algo, sino este es Dios en nuestras vidas, recordándonos:

“Que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero.”

O en Daniel 4:35, en palabras del rey Nabucodonosor, quien al recuperar su cordura tras su castigo divino reconoció:

Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?

La psicología, en particular la corriente analítica, reconoció esta verdad también en palabras de Sigmund Freud al declarar: “El ego – o el Yo – no es dueño de su propia casa”, reconociendo así la propia incapacidad de determinarnos a nosotros mismos.

Más allá de lo que la Palabra o la psicología puedan decir, no es difícil evidenciar esta verdad: basta con descubrirnos vulnerados, ya sea por enfermedad, por la pérdida de seres queridos, por eventos traumáticos o simplemente por la inmensidad de factores que componen nuestras vidas para despertar a esto. 

En ese punto, el velo de nuestro poderío cae: ya no podemos sostenernos como si todo dependiera de nosotros, y la vuelta atrás —al menos respecto a esa vieja ilusión— ya no es posible, no por lo menos a cambio de una gran tensión y sufrimiento en nuestros intentos de conservar el control.

Sección 2: Sin el velo; despierto a la vulnerabilidad

El despertar a nuestra propia vulnerabilidad y limitaciones llega a ser un episodio de quiebre muy doloroso, sobre todo para quienes no cuentan con un sostén social alrededor listo para proveer de un argumento teológico o filosófico para relacionarse con esta cruda realidad que es nuestra vulnerabilidad.

Pronto se entiende que en la vida se muere, se sufre, que se batalla de forma constante contra un sin fin de circunstancias que están fuera de nuestro control, y se espera además que se esté dispuesto a hacerlos sobre un vacío, esto es, sin un cimiento que nos permita significar, entender y alimentar de esperanzas nuestros esfuerzos frente a una realidad aparentemente ilógica y cruel. 

Sísifo y la vida sin sentido

Como se ilustra tan claramente en el mito de Sísifo, no solo espera el mundo que uno cargue su roca cuesta arriba sino que además, tal como planteaba Albert Camus respecto a este mito, hemos de tomar una actitud dispuesta a esta tarea sin mayor razón que nuestra perplejidad y aceptación frente a la vida que nos tocó. 

Así, rutas filosóficas como esta nos invitan a desprendernos en nuestras fuerzas de nuestra inclinación natural a buscar significado de nuestras vidas, como quien observa en sí mismo la tragedia de su propia consciencia que, al negar la eternidad que clama en sí mismo —porque el llamado mismo le parece “irracional”— termina por resignarse.

Sin embargo, no hace falta un mayor ejercicio de vivir un poco o reflexionar frente a esta desventajosa realidad para comenzar a decaer frente al temor a la vida y a sus tribulaciones y vernos lentamente empequeñeciéndonos, evaluando la futilidad de nuestros actos; a evitar nuestras vidas, a racionalizar o huir de nuestro sufrimiento; a buscar los medios de alivio socialmente aceptables – y unos cuantos que no – para ir así lentamente adoptando esa postura de “silenciosa desesperación” de la que escribió Henry David Thoreau.

Pero lo extraño frente a todo esto, a pesar de nuestros mejores esfuerzos por acallar esta inquietud a través de la búsqueda de nuevas respuestas en experiencias, personas o lugares, es que la inquietud persiste y, no sólo esto, prueba a ser cada vez más demandante para así mantener este estado de quietud, no entendida como una paz genuina, sino como aquel estado entre distintas y constantes distracciones que nos mantengan fuera de la mente – a los que prácticas como el mindfulness aspiran – para así evitar el estado puro y consciente del ser humano, ante la inmensa nada de sus respuestas a las preguntas que le acechan.

Sección 3: La trampa de la vida ensimismada

Toda esta experiencia revela la trampa que es la vida que cae en la trampa de existir sólo para sí misma, en sí misma, tal como el mundo tiende a vendernos como la respuesta a nuestras inquietudes por todos los medios disponibles; alimentando constantemente los propios apetitos y así convirtiendo su aspiración legítima, que es la propia satisfacción, paz y bienestar, en un ilegítimo rey que se posiciona demandante sobre el trono, día a día pidiendo algo más de nosotros.

En Mateo 16:25, podemos leer la sabiduría que nos informa de esta extraña paradoja:

“Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.”

Porque primero debemos entender y aceptar la vida misma como una a la cual este objeto de ansiedad siempre estará presente, tal como en el pasado acuñaron los estóicos se entiende que “Lo que se interpone en el camino, se convierte en el camino”; así mismo, la ansiedad no es algo que se elimina, porque es parte de la vida.

Sin embargo, y en marcado contraste a la postura estóica, oriental, o de las tantas otras filosofías que existen por ahí que busca relativizar esta verdad, la realidad de nuestra vulnerabilidad se vive y acepta en toda su plenitud, lo que naturalmente nos debiese conducir hacia Dios y dar a lugar a la consecuente humildad a la que llegamos desde estos estados de cansancio y ruptura que nos dejan estas “cisternas agrietadas, que no retienen agua” como está escrito en Jeremías 2:13, o sea, del tiempo que vivimos de acuerdo a estas vanas filosofías que no satisfacen la “sed de Dios” que tenemos dentro, todos nosotros.

Si bien es doloroso y muchas veces poco deseable, la humillación de la rotura y el cansancio precede la gloria, tal como está escrito en Proverbios 18:12, esto porque en esta rotura es que nos sinceramos, abrimos nuestros corazones a Dios y aceptamos de lleno la gran necesidad que tenemos de Su poder y presencia, convirtiéndose esto en terreno fértil para que el Señor Jesús pueda obrar en nuestras vidas como está escrito en 2 Corintios 12:9:

"Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad"

Mas el Señor, así como está dispuesto a atendernos y ayudarnos en la medida que aceptamos nuestra vulnerabilidad en humildad y mansedumbre, le buscamos y en sincera oración le pedimos Su ayuda, también aquellos quienes nos resistamos a aceptar la necesidad que tenemos de Él, y entramos en Su presencia como quien “quiere probar la profundidad antes de meter el pie”, se topará con una muralla de silencio, como está escrito en Proverbios 16:18, se lee:

Antes del quebrantamiento es la soberbia, Y antes de la caída la altivez de espíritu.

Sección 4: Sanar por consecuencia, no como fin

Salidos de esto, podemos comenzar a ser edificados en Su divina presencia a través de la magnanimidad de nuestras aspiraciones, esto es, a través de la obediencia al llamado de nuestro Dios, en respuesta a aquello que naturalmente fue puesto en todos nosotros al ser creados a Su imágen; a aspirar al mayor bien concebible en nuestras vidas, desde la llenura de Su amor.

Es importante enfatizar nuevamente: Tu deseo de paz y seguridad es legítima, es algo a lo cual el Señor te llama en Juan 14:27 diciendo:

La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.”

Sin embargo, esta paz, libre de la prisión de la ansiedad es una que obtenemos no cuando este es el fin, porque nuevamente así estaríamos aspirando a “ganarnos nuestras vidas”, sino como una consecuencia natural cuando adoptamos la vida a la cual el Señor Jesús nos llamó a llevar, que es fundada en Su Amor perfecto, porque la ansiedad no se vence, sino que se trasciende en la medida que el “objeto del vivir” sea mayor que el “objeto de la ansiedad”, esto es, en la medida que el amor que te llama a enfrentar la vida y sus desafíos, sea mayor que el miedo que intenta detenerte.

Porque este mayor objeto del vivir es el que nos lleva a levantar nuestras cabezas, a mirar más allá de nosotros y en cambio, abrirnos al prójimo también, que es el segundo mandamiento de nuestro Señor Jesús, el cual nos lleva no sólo a comenzar a dar, sino a también comenzar a aprender a recibir del amor que el Señor sabe mejor que nadie que necesitamos en nuestros hermanos y hermanas en la fe.

Sección 5: El caballero sangrante

Muchos de nosotros hemos conectado accidentalmente con esta verdad, y esto nos ha llevado a luchar por mucho tiempo y con fuerzas que nos sorprenden hasta a nosotros mismos por el bien de nuestras familias, hijos, parejas, amigos, o por una u otra causa social de la cual podríamos habernos hecho parte. 

Sin embargo, cuando estamos fuera de Cristo o, si bien en la fe pero lejos de Su amor, esta búsqueda por el mayor servicio, tiende a ser producto nuevamente de un alma que aprendió a que debía ganarse el amor, cayendo así de su Gracia, que es un eje central de nuestra fe y que te recuerda que Su amor y tu salvación son un regalo; algo que no puedes ganar.

Esto, lamentablemente, nos termina llevándonos a extremos de burnout, o a hacer daño a otras personas a través de nuestro servicio, pero principalmente a nosotros mismos, a recordarnos, no desde un deseo de hacer daño, sino mas bien desde un corazón que aún está herido y necesita sanar.

Así, hasta que el amor perfecto de Cristo entre a tu corazón, muchas de nuestras mas bellas aspiraciones no serán fundadas desde el amor, sino desde la carencia de este.

Porque si bien hay quienes puedan encontrar auxilio en el amor provisto por sus familiares y seres queridos, la realidad de la necesidad de amor que tenemos supera cualquier fuente humanamente disponible que podamos encontrar en este mundo, porque esencialmente, el tamaño de nuestra necesidad apunta a Dios, como está escrito en 1 Juan 4:18:

(..), el perfecto amor echa fuera el temor; (…).

Conclusión

Así, amado, el llamado es a buscarle en oración, en Su Palabra, que está en la Biblia, a que entres en comunión con Él y humíllate, o sea, que abras tu corazón sinceramente frente a Él y le reveles tus temores, tus heridas, todo lo que esté en tí que estes cansado de cargar.

Luego de esto, en Su misericordia y en la medida que la provisión de Su amor te vaya despojando de todo cuanto era un falso sustituto en tu vida y llenándote de la paz que solo Él puede ofrecerte, la invitación es que comiences a apuntar a lo alto; a que mires a tu Dios, en Cristo Jesús, quien te ama y quien quiere lo mejor para tí, para presentarle tu adoración, que es tu culto racional; a entregarle con todas tus fuerzas y en gratitud por el amor que te tiene aquellos dones que Él mismo te dió y los cuales, si somos sinceros, sabemos que estuvieron ahí por mucho tiempo juntando polvo.

Pero no como quien va detrás de alguien para ganarse el amor, sino que ahora, provisto del amor perfecto de Cristo, le sirve con amor y gozo; como en gratitud por lo que gratuitamente nos dio y por lo cual no pidió nada.

Esto para mí lo ilustré en algún momento con la siguiente historia, para cerrar:

“Fuiste como un Perfecto Caballero el cual, compadecido por el mendigo a un lado de la calle, en clamor de mi angustia, temor y soledad, te acercaste, tendiste tu manto sobre mí, me miraste y me diste una Palabra, para luego, seguir tu camino sin pedir nada de mí. 

Y yo, ahí, perplejo, sin nada mas que Tu amor en forma de manto, me vi frente a la decisión más simple pero desafiante de mi vida: Servirte; servir a quien nada necesitó de mí, nada exigió de mí para ayudarme, mas por quien quiero poder darlo todo, y más, con Su ayuda.

Este es nuestro Dios, el Dios verdadero: Aquel que nunca nos pidió nada, quien nos dió todo, y quien nos invita en todo momento a tener una vida en abundancia en Él.

Y todo lo que necesitamos hacer es creer en Él, creer en Su Palabra, y la obra del Espíritu Santo hará completo en tí y en mí Su perfecto trabajo; nada se interpondrá en Su camino, ni aún tu debilidad y la mía, que una vez abrazada, se convierte en el lienzo a través del cual se hace perfecto Su poder.

Amén.


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